Sábado, 4 de Febrero de 2012
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23 de Octubre de 2009 | Artículo de D. Ramón Fernández-Mijares Sánchez
Tras deglutir el almíbar de la edición de los Premios Príncipe de Asturias correspondientes al año 2009, llega el momento de reflexionar sobre si la línea seguida por la Fundación en sus 29 años de existencia es la que debe marcar su futuro en los próximos años.
Nadie duda de que los Premios han convertido Asturias en el centro de las miradas de todo el universo cultural y a Oviedo, y a sus emblemas Hotel Reconquista y Teatro Campoamor, en lugares familiares a nivel mundial.
La cita anual de octubre se ha convertido en punto de reunión obligado para lo más selecto de la sociedad española y mundial, y nadie que se precie de pertenecer a la élite política o periodística puede estar ausente en la ceremonia de entrega de los Premios.
Pero no todo son rosas; hay algunas espinas. No vale aplicar la máxima de Maquiavelo “Cuando el medio acusa, el fin excusa”. La brillantez y la repercusión de los Premios no deben enmascarar cuestiones que debieran abordarse en próximas ediciones.
Se da la circunstancia temporal, no buscada, de que el hasta ahora Director de la Fundación se jubila por cumplimiento de la edad reglamentaria, y por ello los cambios se pueden enmarcar sin traumas en la nueva etapa que se avecina.
Son tres los ámbitos en los que el cambio es obligado.
En primer lugar, la Fundación necesita una dosis de democracia popular. Ciertamente, los Premios concitan el interés y la atención de todos los asturianos que dispensan un caluroso recibimiento a todos los premiados. Pero la participación del pueblo queda limitada a contemplar el tradicional desfile desde el Hotel Reconquista hasta el Teatro Campoamor desde las vallas convenientemente colocadas a prudente distancia del itinerario habitual. Son unos Premios con el pueblo, pero sin el pueblo.
Teniendo en cuenta que la mayor parte de la financiación de la Fundación proviene de instituciones públicas y, por tanto, nutridas de los impuestos de todos los ciudadanos, sería un gran gesto democrático habilitar un cierto número de entradas al Teatro Campoamor para que pudieran ser utilizadas por el pueblo llano, que así pasaría a integrarse de lleno en la celebración.
¿Cómo se repartirían esas entradas?
A través de cualquier sistema que garantizase la igualdad de oportunidades: sorteos, concursos o estableciéndolas como premio a determinadas conductas ciudadanas, de estudio o similares.
Pero sea cual fuere el sistema elegido, se posibilitaría que el pueblo formara parte del oropel de la ceremonia.
Es famosa la anécdota de un político asturiano cuya vocación política surge precisamente a partir de la ceremonia de entrega de los Premios. Cansado de contemplar el paseíllo desde las vallas y observando que el acto estaba monopolizado por periodistas y políticos, decidió convertirse en político (la carrera de periodista exigía un esfuerzo) y así participar en la ceremonia como uno de los actores principales.
Es necesaria, pues, la democratización de la ceremonia de entrega de los Premios, pero a través de la democracia directa y participativa del pueblo.
En segundo lugar, habría que trabajar para que la previsibilidad de los Premios no llegue a confundir a la opinión pública y hacer innecesaria la existencia de los Jurados.
La previsibilidad es buena en algunos ámbitos. En el pasado debate presupuestario la Ministra de Economía, Elena Arias Salgado, creyó poner sobre las cuerdas a Mariano Rajoy cuando lo llamó previsible. Lo que la Ministra creía que era un estigma o un desdoro se convirtió en un arma arrojadiza. Mariano Rajoy agradeció a la Ministra tal calificativo que es el que se demanda en tiempos de crisis y penuria y que se contrapone a la improvisación permanente que tan malos resultados económicos y sociales acarrea.
Pero los Premios son otra cosa. Los Premios deben ser fruto de la decisión de los Jurados y no debe anticiparse por los medios de comunicación (hasta con tres días de antelación) quién es el favorito que, curiosamente, coincide posteriormente con el premiado.
¿De quién emana el nombre del favorito? Es un asunto bajo secreto de sumario. Lo cierto es que el favorito coincide con el premiado.
La Fundación debe ser menos previsible. Y los premiados no tienen por qué ser siempre figuras mediáticas a los que se galardona más por su resonancia que por sus méritos.
Por último, los Jurados. Es cuantitativa y significativamente exagerado. Su número oscila entre los veinte y treinta miembros. Una multitud.
Una multitud de la que sería difícil obtener un candidato si cada uno asumiera su papel de Jurado.
Por otro lado, sus miembros no son en su mayoría profesionales expertos en el ámbito al que va dirigido cada Premio, y su presencia en el Jurado obedece a razones ajenas a lo que debe ser un Jurado cualitativamente acreditado.
Dejémonos de Jurados para la fotografía y vayamos a Jurados cualificados.
Sirvan estas ideas para la reflexión. Los Premios Príncipe de Asturias que en sus orígenes se ajustaron a unos moldes quizá necesarios para su consolidación, necesitan hoy dar un paso hacia adelante para asentarse como lo que son, unos Premios nacidos para premiar la superación, el compromiso, la excelencia…
Por último, el reconocimiento a Graciano García. Pasará a la historia de Asturias como el creador de la mejor idea del último cuarto del Siglo XX. Todos los aplausos. Su currículum a partir de 1980 rebosa méritos. La Fundación le ha dispensado la mejor de las recompensas: ser su Director los últimos 29 años. Pocos artífices de ideas pueden vincular su existencia vital y profesional a la idea creada.
Editor: Administrador
Colaborador: Ramón Fernández-Mijares Sánchez
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20 de Octubre de 2011 | Articulo de Ignacio Arias
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Ramón, lo que dices de Graciano es una verdad como un puño. No conozco a nadie que haya podido vivir de una idea y menos aún con un salario tan generoso como el que se presume cobra, y con una ocupación tan cómoda teniendo en cuenta que los Jurados son siempre los mismos y los invitados a la ceremonia de entrega, también.
Contesto a Marta. Lo importante son los premiados, sin duda. Pero el pueblo deberìa poder participar en la ceremonia. Hoy por hoy, el acto del Campoamor está diseñado para una supuesta élite elegida a dedo por la Fundaciòn sin más criterio que el político, el mediático y el amiguismo. Basta ver las fotos para comprobar que asisten personajes cuyos méritos son desconocidos.
Muestro mi desacuerdo con la idea de la necesidad de dosis de democracia popular; lo importante son los premiados y los ciudadanos se relacionan con ellos directamente en los correspondientes foros a traves de conferencias, charlas....; la ceremonia propiamente dicha es encorsetada como todas las ceremonias; lo emocionante e importante es ver y oir directamente a los premiados en las actividades que se programan como consecuencia de la entrega de los premios.
Me parecen extremadamente acertados los comentarios. A los Premios siempre acuden los mismos a costa del presupuesto público. ¿ Quién selecciona a los invitados?. A ver si con el cambio de Director mejoran las cosas.
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